Lo que el pueblo llevó
Por Luis M. Madera Suárez
Hay lugares que desaparecen de los mapas mucho antes de desaparecer de quienes alguna vez vivieron en ellos.
Las Mareas es uno de esos lugares para mí.
Primero la conocí por fragmentos. Un nombre pronunciado por mis padres. Un camino hacia el mar. Historias de casas que ya no estaban. Los restos de una vieja escuela. Una costa que parecía haberse tragado parte de lo que los adultos recordaban.
De niño, no entendía que caminaba entre los restos de una comunidad.
Solo sabía que allí había vivido gente.
Años después, comencé a comprender cuánto se había perdido.
Las familias se fueron de Las Mareas. Las casas desaparecieron. El mar se llevó algunas cosas. El desarrollo y la transformación de la costa se llevaron otras. La gente se trasladó hacia Barrancas y otras comunidades cercanas, llevando consigo lo que podía.
Pero llevaron algo más que muebles.
Llevaron una capilla.
No el edificio mismo. Ese quedó atrás.
Llevaron aquello que lo había hecho sagrado.
Mi padre recuerda la antigua capilla como una estructura de madera, con techo de zinc y piso de cemento, con espacio quizá para cincuenta o sesenta personas. Al frente había un altar blanco, de mármol según lo recuerda, pegado a la pared bajo una estructura en forma de arco. Había imágenes que, según la memoria de mi familia y de otras personas del barrio, habían sido traídas desde España por Doña Monserrate Bruno, Doña Monse, como todos la llamaban.
Entre ellas estaban Santiago y Nuestra Señora de la Monserrate.
Doña Monse es una de esas figuras que todavía se mueve entre la historia y la memoria de mi familia. Era una mujer adinerada de Guayama, pero las historias que heredé sobre ella eran historias de generosidad. Fue madrina de boda de mi abuela materna. Mi abuela trabajó para ella durante un tiempo, planchándole ropa. Mi familia recuerda que cuando uno de los hermanos de mi madre nació ciego, Doña Monse ayudó a pagar una operación que le permitió recuperar parte de la visión.
Mi padre también recuerda que al lado de la capilla de Las Mareas había una casa de madera de Doña Monse, una casa de fin de semana que todos llamaban la Casa Blanca. Más cerca del mar había otra casa, de dos pisos y de cemento, donde se celebraban bailes durante las fiestas del Carmen.
El mar terminó llevándose aquella.
La memoria no conserva los lugares de manera uniforme. Un edificio entero puede desaparecer mientras un detalle permanece intacto: el nombre que la gente le daba a una casa, el color de un altar, el sonido de la música junto al agua.
Durante años conocí pedazos de esta historia sin comprender que yo mismo había participado en ella.
Después de que las familias abandonaron Las Mareas, comenzó a levantarse otra capilla en otro lugar. Recuerdo a mujeres mayores del barrio, incluidas tías abuelas de ambos lados de mi familia, vendiendo frituras para recaudar dinero para su construcción.
Ese recuerdo se ha vuelto más importante para mí con los años.
Hay algo casi absurdamente pequeño en una fritura frente al costo de construir un edificio. Harina, aceite, algún relleno, una servilleta de papel, unas pocas monedas pasando de una mano a otra.
Y, sin embargo, las comunidades siempre se han construido con cosas que parecen demasiado pequeñas para importar.
Alguien mezcló la masa.
Alguien calentó el aceite.
Alguien estuvo bajo el sol puertorriqueño vendiendo comida.
Alguien compró una más de la que necesitaba porque sabía para qué era el dinero.
Ninguna placa registra esas transacciones.
Ninguna historia arquitectónica de la capilla probablemente mencionará a las mujeres que estuvieron frente al aceite caliente reuniendo unos cuantos dólares a la vez.
Pero la capilla se levantó.
Recuerdo que era niño cuando mi padre fue con una de mis tías abuelas y otros hombres a recoger algunos de los objetos sagrados que habían quedado guardados después de que Las Mareas fuera abandonada. Yo fui con ellos.
Recuerdo las imágenes.
Recuerdo el altar.
Lo que no comprendía era lo que significaba aquel traslado.
Para mí, los adultos simplemente movían cosas viejas de un lugar a otro.
Mientras más años tengo, menos seguro estoy de que los objetos sean alguna vez solamente objetos.
Una imagen tocada por generaciones de manos carga algo que no puede medirse por su material. Un altar ante el cual fueron bautizados niños, rezaron parejas, se preocuparon madres, pidieron protección pescadores y lloraron sus muertos las familias se convierte en algo más que piedra o madera.
Se convierte en testigo.
Cuando la gente de Las Mareas se fue, no podía llevarse la costa.
No podía llevarse cada casa.
No podía llevarse los caminos que había recorrido ni los lugares donde alguien había esperado el regreso de un esposo desde el mar.
Pero podía llevarse a Santiago.
Podía llevarse a La Monserrate.
Podía llevarse el altar.
Y así, de una manera que yo no podía comprender de niño, llevaron consigo parte de Las Mareas.
Cuando era pequeño pasé mucho tiempo en la iglesia con mis tías abuelas. Tal vez por eso recuerdo cosas que nadie consideró lo bastante importantes como para escribirlas.
Recuerdo que Santiago necesitó reparación.
Las termitas habían entrado en la base de madera. Don Santos, un hombre del barrio lleno de historias de sus viajes y de esas habilidades prácticas que parecían venir de haber aprendido un poco en todas partes, se hizo cargo del trabajo.
Lo vi pasar un paño mojado con queroseno por la madera dañada.
Le pregunté por qué.
Me dijo que era un remedio antiguo para matar los huevos de las termitas.
Luego cortó nuevos pedazos de madera para la base, los ajustó en su lugar y los pintó de dorado.
Al menos todos decían que era dorado.
A mis ojos de niño, se parecía más al color mostaza.
No entendía entonces que estaba viendo otra forma de preservación.
La imagen ya había sobrevivido al abandono de Las Mareas y al viaje de una capilla a otra. Ahora su supervivencia dependía de un hombre del barrio, de un paño, un poco de queroseno, unos pedazos de madera y todo aquello que la vida le había enseñado.
No había ningún restaurador a su lado.
Ninguna institución había encargado el trabajo.
Simplemente había alguien que sabía qué hacer.
Recuerdo otra ocasión de manera distinta.
Una de mis jóvenes catequistas estaba limpiando a Nuestra Señora de la Monserrate con un paño húmedo.
Se movía despacio.
Había reverencia en la manera en que tocaba la imagen, algo casi orante. Recuerdo observarla y sentir que lo que veía era hermoso y, de algún modo, casi prohibido, como si me hubieran permitido presenciar una intimidad entre ella y la Virgen que no me pertenecía del todo.
No había ninguna ceremonia.
No había procesión.
No era día de fiesta.
No había congregación mirando.
Alguien simplemente estaba limpiando una imagen.
Pero quizá así es como perduran las cosas sagradas.
Una persona las carga.
Otra las repara.
Otra les quita el polvo.
Alguien vende frituras para darles un nuevo hogar.
Alguien recuerda dónde estuvieron alguna vez.
Y un día, un niño que no comprendía nada de aquello se convierte en adulto y entiende lo que había estado viendo.
Aquí es donde la historia oficial muchas veces nos falla.
Un documento puede decirnos cuándo cambió de dueño una propiedad. Un registro eclesiástico puede indicar la fecha en que se bendijo una capilla. Un documento municipal puede decirnos cuándo se adquirió un terreno o se aprobó una construcción.
Esos registros importan.
Pero no pueden decirnos quién quemó la primera tanda de frituras.
No pueden decirnos qué mujer llegó temprano.
No pueden decirnos por qué Don Santos buscó el queroseno.
No pueden decirnos que la pintura dorada parecía color mostaza a los ojos de un niño.
No pueden decirnos con qué cuidado una joven catequista pasó un paño húmedo por el rostro de La Monserrate.
No pueden decirnos qué se sentía al ver a una comunidad desplazada recibir en otro lugar las cosas sagradas de su antigua capilla.
Para conocer esas cosas, hay que escuchar.
Hace poco volví a preguntarle a mi padre por Las Mareas. Tiene ochenta y un años.
Mientras hablábamos, regresaron nombres.
Regresaron casas.
Regresó Doña Monse.
Recordó la capilla, el altar blanco, el techo de zinc. Recordó la Casa Blanca. Recordó la casa más cercana al mar donde la gente bailaba durante las fiestas del Carmen. Recordó personas para quienes había trabajado mi abuela, lugares donde había cocinado y planchado, relaciones que en su momento parecieron tan ordinarias que nadie imaginó que algún día necesitarían ser preservadas.
Algunos detalles llegaron con seguridad.
Otros necesitaron ser buscados.
Un nombre llevó a otro. Una casa abrió la puerta a otra historia. Una historia sobre trabajo se convirtió en recuerdo de una capilla. La capilla se convirtió en recuerdo de santos. Y los santos me devolvieron a mi niñez.
Eso también forma parte de escuchar.
La memoria no es una declaración jurada.
No siempre llega en orden cronológico. Da vueltas. Se interrumpe. Corrige un nombre. Coloca dos casas juntas que después hay que separar. De pronto recuerda un altar con más claridad que una fecha.
A veces la memoria carga incertidumbre.
A veces carga pintura dorada color mostaza.
Y a veces el niño dentro del recuerdo sabe algo que el narrador adulto había olvidado.
Recuerdo haber ido con mi padre.
Eso me importa ahora.
He pasado años buscando en archivos a personas que murieron mucho antes de que yo naciera. He estudiado nombres en páginas de censos y registros parroquiales, tratando de reconstruir mundos enteros a partir de tinta.
Y, sin embargo, en aquellos días dentro de la capilla, sin saberlo, yo estaba parado dentro de un archivo.
El archivo era mi padre.
Eran mis tías abuelas.
Eran las mujeres vendiendo frituras.
Era Don Santos cortando madera.
Era una joven catequista sosteniendo un paño húmedo.
Eran los hombres levantando un altar.
Era Santiago sobreviviendo a las termitas.
Era La Monserrate siendo limpiada como si la ternura misma fuera una forma de oración.
Quizá esto sea lo que el desplazamiento no puede destruir por completo.
Un lugar puede ser abandonado.
Una casa puede desaparecer.
El mar puede reclamar la tierra.
Pero la gente lleva cosas consigo.
Lleva recetas y oraciones. Lleva santos e historias. Lleva maneras de cocinar, de llorar y de recibir a los demás. Lleva remedios prácticos y gestos de reverencia. Lleva los nombres de quienes fueron generosos con ella. Lleva chistes, discusiones, supersticiones, canciones y el recuerdo del lugar donde alguna vez estuvo una casa.
A veces incluso lleva un altar.
Antes pensaba que la historia era lo que quedaba atrás.
Ahora me pregunto si la historia también es aquello que la gente logra llevarse consigo.
Las Mareas no sobrevivió como había sido.
Pero tampoco desapareció por completo.
Lo sé porque una vez vi sus cosas sagradas siendo cuidadas por personas que jamás se llamaron a sí mismas historiadores.
Y porque, tantos años después, mi padre todavía puede decirme de dónde